Noviembre 22, 2007
Todas nuestras vivencias, todas nuestras acciones corren hacia el único punto que realmente da significado a la vida, hacia el momento que llamamos la muerte. Tenemos miedo de la vida, por esto la muerte nos aterroriza. Cuando ella llega nos sentimos sorprendidos, constatamos que todavía no terminamos de vivir, teniamos planes. En otros casos damos la bienvenida a la muerte percibiendola como la liberación de una vida que nos cansó: no porque la vivimos, mucho más porque solamente vivimos en ella.
La muerte es una iniciación a un nuevo campo de experiencia, como lo fue nuestro nascimiento. Morir bien significa prepararse durante la vida, aprender las lecciones propuestas, utilizar bien los talentos y materiales a nuestra disposición, a fin de pasar sin problemas a ese otro plano de consciencia. Vivir la vida, no vivir en ella. Presencia plena y comprometida en cada momento y en cada experiencia. Atentos, despiertos.
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Escrito por Gabriela
Noviembre 3, 2007
En la antigüedad los actores de teatro usaban máscaras que les daban el aspecto del personaje representado. Esta máscara se llamaba “persona”. Per-sona, el rostro a través del cual sonaba la voz del actor. Este mismo se mantenía invisible detrás de su figura.
Así vivimos. Invisibles detrás del rol que estamos jugando en el momento. Hablamos y nos comportamos según la función vigente. No podemos, o mejor dicho no queremos, andar desnudos en el contexto social. Cuando estamos en sociedad respetamos las reglas del juego, hay que dejar un espacio para cada personaje ya que compartimos el palco con los demás seres. Está bien así. Solo de imaginarse que cada uno ande de la manera que le dé la gana, ocupando para si el espacio que quiera: tendremos luego un caos en nuestro teatro de convivencia social en vez de la presentación de una obra que tenga sentido. Necesitamos códigos y reglas, porque somos territoriales y tenemos el arcaico instinto del poder, instinto conectado directamente con el de la supervivencia. Somos animales, y lo que nos eleva a ser humanos es justamente esta habilidad de asumir conscientemente roles y máscaras, de organizar juegos.
¿Y el ser invisible detrás de la per-sona, que hay de él? Pregunta importante, porque nos lleva a la cuestión central. La máscara no tiene vida propia, es el actor invisible que la anima con su movimiento y su voz. Y en el palco, el mejor profesional es el que hace creer que su máscara sea la viva realidad. ¿Como proceder entonces?
El actor puede identificarse con su rostro aparente, invertir toda su energía y consciencia en la actuación, trasladar su esencia a su rol hasta no darse más cuenta que es un rol, significando que vive completamente fuera de si mismo, que se pierde en su obra. Una otra manera, más sutil, es de mantenerse soberano sobre la figura a representar y manejarla con maestría sin perder la noción de ser un actor. La esencia invisible detrás de los rostros se mantiene intacta, permite al actor de tener su propia vida, de estar consciente de la diferencia entre él mismo y los roles que juega.
Hay a partir de ahí una maestría superior. Consiste en darse cuenta de ser un actor al mismo tiempo que éste se identifica totalmente con su personaje del momento. Esto es inspiración. Supera las posibilidades emocionales y racionales de entender la vida. La intuición, la consciencia y seguridad interior te pueden llevar a ser un verdadero artista de la vida. No hay explicación para esta modalidad. Persisten la esencia y la persona, la distinción y lo todo entero. Este actor sí vive. ¡Auténtico! ¡Fantástico!
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Escrito por Gabriela